viernes, 1 de febrero de 2008

Yo que he servido al rey de Inglaterra, Bohumil Hrabal

O de cómo lo increíble se hizo realidad.

"Hablaba confusamente en la taberna sobre el otro lado de la belleza, que esa hermosa hogaza de paisaje está en relación con el amor que uno sepa profesar también a todo lo que es desagradable, solitario, amar el paisaje con esas horas, días y semanas de lluvia, de un anochecer temprano, cuando uno está sentado junto a la estufa y piensa que son las diez de la noche y en realidad tan sólo las seis y media, amar el hecho de que uno se pone a hablar consigo mismo, que le habla al caballito, al perro, a la gata y a la cabra, pero que, ante todo, prefiere hablar consigo mismo, al principio en voz baja, como si estuviera en el cine, dejar transcurrir las imágenes del pasado por el recuerdo, pero luego, igual que yo, empezar a dirigirse a uno mismo, a darse consejos, a hacerse preguntas, a interrogarse a uno mismo y querer saber de sí mismo lo más secreto, a presentar cargos contra uno mismo, como si fuera el fiscal, y defenderse, y así, alternativamente, llegar a través del discurso con uno mismo hacia el sentido de la vida, no hacia lo que fue y pasó hace tiempo, sino hacia delante, cuál era el significado de ese camino que ya había hecho y el del que le quedaba por desandar y si aún queda tiempo de alcanzar a través del pensamiento una calma tal que le proteja a uno contra el deseo de escapar a la soledad, de escapar a las preguntas fundamentales, para las que un hombre debe tener fuerza y valor suficientes... Y entonces yo, un peón caminero, sentado cada sábado hasta avanzada la noche en la taberna, cuanto más tiempo pasaba allí sentado y más me entregaba a la gente tanto más pensaba en el caballito que estaba delante de la taberna, en la chispeante soledad de ese nuevo hogar mío, veía cómo todas las personas me oscurecían aquello que quería ver y saber, que todos únicamente se divertían, como antaño me solía divertir yo, cómo todos posponen aquello sobre lo que un día tienen que preguntarse, si tendrán la suerte de tener, antes de morir, el tiempo suficiente... en realidad en esa cervecería yo siempre había verificado que el fundamento de la vida consiste en preguntarse sobre la muerte, cómo me iba a comportar cuando llegue mi hora, que en realidad la muerte, no, el preguntarse a uno mismo es un discurso enfocado a través del prisma del infinito y la eternidad, que el hecho de pensar en la muerte es el comienzo de un pensamiento hermoso y acerca de lo hermoso, pues saborear el sin sentido de ese camino propio, que de todas maneras termina con una marcha prematura, ese deleite y vivencia de la propia aniquilación, eso llena al hombre de amargura y, en consecuencia, de belleza. Para entonces ya era el hazmerreír de toda la cervecería, así que me permitía preguntarle a cada parroquiano: ¿dónde quisiera ser enterrado?, y todos ellos se llevaban primero un buen susto, pero luego se reían hasta saltárseles las lágrimas y en reciprocidad me preguntaban a mí dónde quisiera ser enterrado yo, si tuviese la suerte y me encontrasen a tiempo, pues al penúltimo peón caminero lo encontraron entrada ya la primavera y estaba todo devorado por las musarañas, los ratones y los zorros, de modo que enterraron sólo un manojo de huesos, lo mismo que un manojo de espárragos o de huesos para caldo. Y yo de buena gana les hablaba acerca de mi tumba, que si se daba el caso y moría aquí y si enterrasen al menos un hueso mío no roído, el cráneo, quisiera ser enterrado en ese cementerio que está en la cima de la colina, que quisiera ser enterrado en la cuerda misma de ese cementerio, que deseo que mi ataúd, sobre esa línea divisoria, se parta con el tiempo, que aquello que quede de mí vaya bajando con la lluvia a los dos lados del mundo, que una parte de mí el agua la lleve hacia los arroyos de Bohemia, y la otra parte allá al otro lado de los alambres de espino de la frontera, hacia los arroyos que fluyen al Danubio, que, en consecuencia, deseo ser ciudadano del mundo incluso después de la muerte, para llegar por el Vltava y el Elba hacia el mar del Norte y, con la otra mitad, por el Danubio hacia el mar Negro y desde los dos mares fluir hacia el océano Atlántico..."

Me faltan las palabras para hablar de Hrabal. Me faltan y a la vez me sobran, pues tengo la sensación de que podría estar hablando y hablando sobre él y no acercarme a lo que de verdad quiero decir. Hrabal es Literatura, es Vida, es Belleza, es Humanidad en estado puro y a través de sus escritos, contados siempre desde ese punto de vista entre ingenuo, admirado, nostálgico y estúpido, recompensa al lector con una experiencia única, capaz de agitar y mover hasta los resortes más escondidos. Y así uno se conmueve con las vivencias de este camarero que una vez llegó a servir al emperador de Abisinia, y hace suyos su manera de ver y vivir el mundo, la Checoslovaquia de la república, la de los nazis, y la comunista. Todo siempre contado a través de detalles, Hrabal siempre se fija en lo pequeño, en lo aparentemente intrascendente, en lo bello, para crear magia con las palabras, enlazando frases que te arrastran y no te sueltan hasta que sientes que, como él, lo ves todo a través del prisma del infinito y la eternidad.

7 comentarios:

Knut dijo...

Es que Hrabal cuando brilla parece que sólo existe él en el mundo.

clau dijo...

No conocía nada de este autor, Iar. Queda apuntado, pues me ha parecido la mar de interesante.

Knut dijo...

Qué pena más grande!!!

Pones un mensaje con algún mediocre grupo de la scene (menudo concepto gilipollas por cierto) chachi y te salen comentarios como setas.

Hablas de un maestro de la palabra (y no es del único por cierto, como buen Pseudo CejAlta); de alguien que es capaz de acariciarte el alma a la vez que te descubre que lo que toca es lo menos individual que existe; que escribe como si la vida fuera una continua celebración de lo bueno y lo malo; que en definitiva te hace sentir feliz por ser humano, uno más de tantos, absurdamente colectivo pero enriquecidos por la compañía.

Yo sé que todos los lectores de Hrabal estamos en un mismo lugar, tan apretados que no sabrías decir si esta o aquella es tu mano, y por eso mismo me toca las narices que tenga tan pocas entradas este mensaje del compañero y amigo en las distancias.

Clau, cojones, pilla lo que sea de Hrabal, o mejor, pilla Una soledad demasiado ruidosa y luego este.

Vas a ver.

Y con una traducción además, ¿cómo cantará la belleza de estas palabras tal y como las pensó ese hombre Aleph que es y fue Hrabal.

Malditos cansinos!!!!

Peter Sinclair dijo...

jejeje
bueno, yo sólo puedo hacer mi tarea de proselitismo, no se puede a nadie obligar a comentar, a veces llama y a veces no, yo mismo muchas veces no digo nada aunque haya leído porque tampoco sé muy bien qué decir.

Es cierto que Hrabal te llena de una manera que sientes la necesidad de compartirlo con la gente, de conectar a todo el mundo que te es cercano para que pase la misma corriente por todos. Pero lo de descubrir libros y autores es algo muy personal, y cada uno debe hacerlo cuando sienta la llamada, no hay peor cosa que leer algo por obligación, o pensando que tiene que gustarte por huevos, te sitúa a la defensiva.

Eso sí, leed a Hrabal que no os arrepentiréis!!! jejeje

"alguien que es capaz de acariciarte el alma a la vez que te descubre que lo que toca es lo menos individual que existe; que escribe como si la vida fuera una continua celebración de lo bueno y lo malo; que en definitiva te hace sentir feliz por ser humano, uno más de tantos, absurdamente colectivo pero enriquecidos por la compañía."

ay, lo que digo siempre, cómo me gustaría escribir así. Perfectamente definido, perfectamente.

Knut dijo...

Cierto, cierto, no se puede obligar a la gente a comentar, claro que no, pero se les puede mandar perfectamente a la mierda por no hacerlo.





Juas juas juas juas

señor tascoigne dijo...

Jejejeje... Qué bonito que alguien se indigne así.

Yo, ante Hrabal, prefiero el silencio reverencial.
Además, que no sabría bien qué decir.

Sólo he leído "Una soledad..." y me pareció el más maravilloso puñetazo en el estómago que me hayan dado en la belleza. Casi me da un miedo obsceno leer algo más de él. Es como si hubiese puesto al autor en un altar e hiciese lo posible por no arriesgarme a la posibilidad de que bajase de ahí.

Algo parecido me ocurre con Buzzati o Bolaño o lo que he leído de Pessoa. Me dá un nosequé de vértigo mancillar el recuerdo que tengo leyendo más cosas de ellos. Supongo una psicopática especie de evitación a sentirme defraudado.

Ay.

agnes dijo...

ejem... aqui otra inculta que anota (después de leer la bellisima elección de Iar) y la contundente recomendación por parte de Knut a Hrabal...

es que ni sonarme oyes... :(